PROCESO DE APRENDIZAJE DE MI INSATISFACCION III
Similar a otros estamentos públicos, en salud desde la definición de los objetivos sanitarios para la década 2000-2010, una rutina frecuente que se ha instalado en todos los componentes de la red, entiéndase por ella nivel central, hoy con ambas subsecretarías, servicios de salud, establecimientos y otros organismos autónomos como Fonasa Cenabast, ISP y Superintendencia, ha sido la discusión y definición de un plan estratégico que oriente la gestión técnico-asistencial, administrativa y financiera de los servicios.
Al analizar su resultado, el denominado mapa estratégico, en el Servicio de Salud donde me desempeño, lisa y llanamente abruma a cualquiera. Procesos hasta el infinito. Procesos de alimentación, procesos de aplicación, procesos de mantención, procesos de desarrollo, procesos de resultados, procesos de evaluación, en fin, podrían indicarse otros miles de procesos.

La pregunta inevitable que me surge ¿para qué tantos procesos?. Esta infinidad de procesos mejora acaso aquello que, por diferentes registros, usuarios, comunidad u otros beneficiarios no cansan de insistirnos: mejorar el trato al usuario.
Seguramente los defensores de la planificación estratégica se apresuraran a responder enérgicamente que sí, precisamente un mapa estratégico permite visualizar y mejorar aquellos procesos más falentes al interior de una organización. Pienso exactamente lo contrario, los empeora.
Gracias a estos mecanismos se edifican y se levantan eternas estructuras, actividades y procedimientos, se acopian y dilapidan recursos, se construyen símbolos e íconos que finalmente se erosionan de tanto polvo y desuso.
Estos son los mecanismos que nos refugian para esquivar y distanciarnos de lo principal, de lo esencial: mejorar nuestra conducta laboral. En mi opinión es más fácil, económico y rentable, la revisión de nuestros procesos personales para comprender el aporte que desde cualquiera organización podemos entregar.
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